Iglesia Parroquial de Santa Bárbara
El refugio espiritual de la cuenca minera, un templo donde el ladrillo mudéjar, la cal y la carbonilla se mezclaron para dar cobijo a la devoción obrera y a los tesoros del siglo XVIII.
A finales del siglo XIX, la fiebre del carbón en Peñarroya-Pueblonuevo no solo exigió la construcción de fundiciones y vías férreas; el alma de los trabajadores también reclamaba su propio espacio. Promovida por los señores Heredia y Lóring, dueños de la Sociedad Hullera y Metalúrgica de Belmez, la iglesia se erigió a escasos metros de la mítica mina ‘El Terrible’, entrelazando para siempre la devoción con el crudo paisaje industrial del valle.
Inaugurada por el Obispo de Córdoba Ceferino González en 1878, aunque su arquitectura definitiva no se completó hasta 1913, este templo es el hito religioso más importante del Área 2 del Bien de Interés Cultural. El edificio responde a la necesidad de amparar a una población obrera en constante crecimiento que, en 1889, forzó su independencia parroquial de la antigua iglesia de Nuestra Señora del Rosario.
Un templo forjado con las cenizas de la mina
El edificio es un fascinante ejercicio de eclecticismo arquitectónico proyectado en gran parte por Adolfo Castiñeyra, donde se cruzan líneas neorrománicas y neogóticas. Sin embargo, su verdadero carácter reside en sus materiales: el sistema de contrafuertes se levantó utilizando cal y carbonilla, uniendo literalmente la estructura del templo con los residuos del duro trabajo subterráneo.
La fachada de ladrillo rojo y su airosa torre —rematada con un capitel de azulejería y finalizada en 1925 gracias a la suscripción popular impulsada por un grupo de damas y el periodista Jacinto Werne— le otorgan un inconfundible y elegante sabor mudéjar al corazón minero de la localidad.
«Levantar los muros de la iglesia con la misma carbonilla que manchaba los rostros de los trabajadores fue la forma más poética de santificar la dureza de la mina.»
Tesoros rescatados bajo la bóveda francesa
Al cruzar sus puertas, el bullicio de la ciudad desaparece bajo una imponente bóveda de cañón. El templo, flanqueado entre medianeras y estructurado insinuando una planta de cruz latina, reserva la luz exterior a los ventanales de su nave central. Las naves adyacentes sorprenden al visitante con refinadas yeserías de estilo francés con reminiscencias barrocas, dejando constancia de la influencia de la élite foránea en la estética del municipio.
Pero el mayor secreto que custodia su ábside rectangular es un espectacular retablo del siglo XVIII que fue trasladado directamente desde la mismísima Mezquita-Catedral de Córdoba. Frente a él, preside el altar una talla policromada en madera de Santa Bárbara —patrona de los mineros— procedente de Lucena. Ante ella y otras valiosas imágenes, como la Virgen del Carmen o Nuestro Padre Jesús Nazareno, generaciones de familias mineras buscaron consuelo y protección frente al constante riesgo de las profundidades.




